miércoles, 23 de noviembre de 2011

Amor no se escribe en la pared | Cuentos cortos impersonales - Cap. 3

Este es el primer cuento corto que inicié en el blog Mi Majestad. En un principio a estos relatos cortos les llamé El amor perfecto. Ahora, el mismo cuento cambia el nombre a Amor no se escribe en la pared.

¡Ojalá les guste!

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Ahora: 

Amor no se escribe en la pared | Relatos ficticios de un joven amor real

Los preámbulos

-3-

Muchas veces él encontró incómodo el hecho de que ella no se sumara a su grupo después de varias clases. Ella elegía unos asientos al borde, que a veces era el mismo y otras veces era distinto, pero siempre al borde, por atrás o a los costados del límite grupal.

En el grupo de él había una chiquita también muy linda; gran sonrisa, buena llegada, simpática; quizás más socialmente activa que aquella. Ésta chiquita, como casi toda mujer (?), ya se había dado cuenta de que en el otro extremo se hallaba su competencia. Y tenía razón. La otra muy seria muchacha tenía un cuerpo trabajado, las piernas con el músculo cuádriceps notable. Él se dio cuenta de esto cuando la chiquita lanzó una crítica destructiva que no se pudo contener:

─ ¡Miren! Se vino con esa minifalda vaquera ¡Miren, miren! Se le ve la bombacha, seguro que lo hace a propósito.

Él no había tomado consciencia de esa particularidad. Igualmente, le parecían lindas las dos chicas: la seria y la simpática; sin embargo, ahora sólo una chica le hacía particular figura.

-4- 

Después de aquél click, él buscaba formas para poder irse junto a ella a la salida de aquél cursillo; quizás acompañarla hasta la casa sería ¡espectacularmente bueno!

Estas situaciones a la salida le causaban gran ansiedad y angustia porque no tenía el tiempo suficiente de satisfacer a todos y, satisfaciendo a todos, no encontraba lugar para contentarse a sí mismo. En ese mundo solamente había un solo ser humano saliendo y alejándose de él: ella y su hermoso contoneo...

A la salida, a él todos iban y le conversaban, le invitaban a fiestas o al bar, o a cualquier sitio. Entre esas personas se encontraba también su amigo. Este muchacho con frecuencia le decía de ir hacia tal lugar o cual lugar, siempre con miras a conocer chicas:

Mirá, boludo, ¡qué buena que están esas minas! Vamos, vamos, le digamos algo... O decile algo vos, dale.

Y él, accediendo, sólo veía cómo ella se alejaba sola del lugar. Estaba todo bien si esas pompis iban solas o acompañadas de alguna compañera. En cambio, el torrente sanguíneo se activaba sobremanera si, en ocasiones de hacerle caso a su amigo, él veía que ellas (sí, el cuerpo humano junto a esas pompis) se alejaban con un muchacho. Porque era verdad, la principio fue atracción sexual, y él no lo negaba; fue un asunto de macho que no acabó sino hasta el final. Él sabía que era una muy fuerte atracción sexual, y nada más. Él sabía eso, tenía claro eso, pero no tenía idea si en ello sería mínimamente correspondido. Él no sabía.

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